No sé ni que pasa por mi cabeza, todo es tan confuso...las noches sin dormir, lo excesos de alcohol y sobre todo esos ojos que me persiguen desde la primera vez que los vi. ¿Cómo fue? ¿Cómo empezó? desde el principio esos ojos se apoderaron de mi alma, me recorrieron por dentro y entonces él ya lo sabía todo.
Nadie decía nada, se levantaban barreras de seguridad hasta que finalmente se derrumbaron durante una noche.

Un abrazo y ya me tenía las manos cogidas, no se podían soltar. Quizás fuera la última vez que tendríamos las manos entrelazadas. Unas caricias furtivas, casi robadas, tímidas aventurándose en un camino desconocido. La sensación de sus manos en mi piel me mareaba, me llevaba muy muy lejos, donde sólo estábamos él y yo. La suavidad de su tacto en mi cara, mi cuello, mi pecho...con una sola mano, ya era suya.
Despacito, poco a poco, avanzando. Yo lo deseaba; cómo lo deseaba a él y sólo a él, dentro de mí, queriéndome y amándome sin mesura bajo las sabanas. Sus besos, esos labios recorriéndome, me excitaba, me mareaba, estaba perdiendo el control, tenía que parar aquello. El sabía como tocarme, como rozarme, besarme. Estaba fuera de mí, le tenía allí y sabía que nunca seria mío, que esto acabaría y que ya tan sólo tendría el recuerdo de aquella dulce noche.

Ahora no me puedo quitar de la cabeza sus manos acariciándome todo el cuerpo, el rubor que me provocaba, la pasión y el deseo de aquello que Es imposible pero que por unas cuantas horas lo Fue. Esas caricias pausadas, sentidas. Los sentimientos a flor de piel. Cada vez que lo pienso mi cuerpo se estremece, sólo sueña con que aquella noche hubiera durado hasta el amanecer.

Deja que yo apague la luz, deja de mirar el reloj, me diría, esta noche es para
los dos.